LA PIEDRA DE MOLINO

" Entristecía al muchacho ver al viejo regresar todos los días con su barca vacía, y siempre se acercaba a ayudarle a cargar los rollos de sedal o el bichero y el arpón y la vela arrollada al mástil. La vela estaba remendada con sacos de harina y, arrollada, parecía la bandera de la derrota permanente."

Ernest Hemingway, El viejo y el mar

Cuento

10/06/21 (R.P)

LA PIEDRA DE MOLINO

" Entristecía al muchacho ver al viejo regresar todos los días con su barca vacía, y siempre se acercaba a ayudarle a cargar los rollos de sedal o el bichero y el arpón y la vela arrollada al mástil. La vela estaba remendada con sacos de harina y, arrollada, parecía la bandera de la derrota permanente."

Ernest Hemingway, El viejo y el mar

Cuento

10/06/21 (R.P)

No sé cuándo empezó todo. Si cuando leí por primera vez Robinson Crusoe, y cuando vi la enorme, destartalada y nutrida biblioteca de mi escuelita de Clorinda,o cuando mi padre empezó a llamarme todas las mañanas a las cinco en punto para ir a trabajar, con una casi dulce orden: “¡Arriba, Pedrito!”. Clorinda no tenía nada en el vientre de la provincia de Formosa, tierra colorada y gente pobre, es decir: nada. O todo. O me tenía a mí y a mi padre. Y a mis nueve hermanos y a mi buena madre. Y a mi rancho de adobe y piso de tierra. O lo tenía todo y ya me había dado cuenta. Y lo tenía todo porque tenía una escuelita con una biblioteca destartalada, y entre esos libros estaba Robinson, y El Viejo y el Mar. ¿Sabrían entonces, Stevenson y Hemingway, cuando los escribían, mientras pergeñaban esos extraños y humanos personajes, que el marino náufrago y el viejo casi desesperanzado pescador y su amigo niño, salvarían a otro, a otro niño que era también un náufrago en el vientre de la provincia de Formosa, un niño que miraba al viejo pelear contra el gran pez?

No sé cuándo empezó todo. Tampoco sé si fue cuando una mujer de guardapolvo blanco me salvó llamándome sin conocerme:
- ¡Niño , niño, venga acá!

¿Será que para salvarnos necesitamos darnos órdenes, ordenarnos de una buena vez por todas para que los pensamientos comiencen a alinearse como los libros en mi biblioteca de Clorinda, como los bollitos de masa levada en las asaderas del horno de mi padre?
Me acerqué. Me acerqué como el gran pez al sedal lleno de ricas mojarras en la novela de Hemingway. Con esa mezcla de temor y atracción a lo desconocido. No sabía que esa mujer para mí entonces desconocida, me adentraría en las hondonadas de mis propios mares, en mis propias islas perdidas de Chile del siglo XVIII.

Y fui.
- ¡Arriba, Pedrito!

Esas dos palabras alcanzaban para abrir los ojos, correr la sábana y sacar un pie, el otro, pararme. En Clorinda nunca hace frío. Acá en Buenos Aires conocí el frío , después, mucho después: el frío un río que se te pega adentro y te destartala, te quita la alegría. El frío de los corazones es lo peor. La amargura de esta gente. Porque yo iba contento a trabajar con mi padre. Aunque no sea creíble, yo iba contento. Íbamos contentos a trabajar. Esto no es de novela, pero íbamos felices a trabajar bajo el cielo cálido y el piso rojo de una ciudad que ahora ya casi ni recuerdo. Mi padre, caminando por el camino colorado de dos kilómetros que nos separaba de la panadería, iba cantando “Niño yuntero”.No recuerdo la letra. Sólo de tanto en tanto viene a mí la canción.

La directora me dijo:
“¿No sabe que los niños no tienen que andar por la calle a toda hora? Venga mañana a la una acompañado de su papá”.

Era una orden. Y aunque parezca mentira, era una orden dicha con cariño, con respeto. Eso, respeto. Respeto por un niño. Dicen que cuando Dios creó el mundo, al séptimo día descansó. Yo creo que entre el sexto y el séptimo, escuchó a los niños.

Todavía lo escucho. Cada vez que me levanto a las cinco de la mañana vuelvo a escuchar la voz de mi padre. Mi padre abría la panadería, prendíamos el horno, preparábamos la levadura, hacíamos la masa. Amasábamos la masa con nuestras manos que eran parte de la masa. Las manos de mi padre eran como grandes mazas que golpeaban el cuerpo blando cada vez más blando del pan, el blando pan inalcanzable.

En realidad yo acompañé a mi padre desde los cinco hasta los diez años durante todas las mañanas, y sólo me dejó amasar la harina desde los ocho. Porque no quería que hiciera fuerza. Yo le pedía. “”No, todavía no” – me decía cada vez que le pedía. Entonces me iba a jugar afuera un rato, mientras iba amaneciendo y la tierra entonces sí se ponía colorada, porque hasta entonces era negra, y todo era negro, y sólo se escuchaba uno que otro sapo, que se respondían. Después, me llamaba ¡Pedrito! – entonces yo sabía que era la hora de hacer los bollos y ponerlos en la asadera aceitada. El horno ya estaba prendido, a leña, por supuesto, me gustaba ver el leño ardiendo, ese rojo vivísimo del horno todo, el leño desparramando chispas de una gran y pequeña explosión. Era lindo, sí Era lindo verlo. Y me gustaba acercarme hasta la boca del horno, hasta que me quemara casi.

-¡Cuidado, Pedrito!

Entonces , me alejaba.
Poner bollos. Alineados. Uno al lado del otro. Eran soldados. Estábamos a fines de la Segunda Guerra Mundial y ya habían llegado a Clorinda los primeros soldaditos de plástico. Me los había regalado un tío que una vez había llegado de Buenos Aires, uno de esos que se van y vuelven de tanto en tanto. Tíos de prestado, tíos inolvidables, tíos que habían conocido el gran pez y como el sedal lleno de ricas mojarras se los había tragado; tíos-mojarras que se habían ido con alpargatas y volvían con zapatos con cordones, tíos que ahora hablaban con “y”, tíos-soldaditos, tíos-comoyo. Yo, ahora, que cuento este cuento, soy otro sedal con mojarras, el aparejo entero del viejo Hemingway: un soldadito más expulsado por la orilla, alguien lucha con nosotros en su boca, alguien quiere que nos trague de una buena vez. Bueno, esos tíos me habían traído soldaditos, exactamente eran dos los tíos, me olvidé sus nombres. Yo tampoco volví jamás. Yo-soldadito, yo sedal.

El viejo lo miró con sus afectuosos y confiados ojos quemados por el sol.
- Si fueras hijo mío, me arriesgaría a llevarte –dijo- . Pero tú eres de tu padre y de tu madre y estás en un bote que tiene suerte.

E.H., El viejo y el mar

El soldadito alemán y el soldadito americano luchaban alegremente bajo el amanecer de Clorinda al pie de un acacio negro espinoso y resucitado. Luchaban una guerra que nunca habían conocido, una guerra nunca tan terrible y espantosa, una guerra a la que yo los hacía jugar en la vereda de la panadería de mi padre; mejor dicho, en la que trabajaba papá, aunque nunca había dejado de ser de él . Jugaban a que se mataban de una muerte siempre vuelta a vivir.
Pero en el momento del trabajo no era momento de jugar, entonces yo jugaba en mi mente. “Soldado Gómez, detrás del soldado judío. Soldado cosaco, alineesé . Soldado Francisco ¿no ve que le están ganando la retaguardia?” Y así. No sé de dónde sacaba tantos nombres, pero yo los inventaba. Y lo hacía rapidito, porque si no mi papá no me iba a dejar ir con él, y a mí me encantaba ir a trabajar con él, y él decía siempre: “Hay que trabajar. Nosotros somos pobres y hay que trabajar”. “Yo te enseño este oficio, Pedrito, para que sepas hacer algo”:

Me fui de Clorinda a los veinte. . Ya había empezado a estudiar y me tuve que ir. Primero magisterio, después abogacía. Nunca olvidé a mis padres, era como si ellos estuvieran en la isla y yo los mirara desde el mar. Siempre que leí y volví a leer El viejo y el mar, el viejo era mi padre, tenía las manos de mi padre, la cara de mi padre, ese cáncer benigno en el cuello por la persistencia del sol, de mi padre. Yo sigo siendo el niño que mira al viejo desde la orilla. O soy el lector que mira al náufrago en la isla perdida. Y ellos están ahí, pero están ahí porque ese es su mundo. Un mundo que trabajaron para que yo me salvara. Algo así. Como cuando mi padre hizo un círculo en el piso de tierra de casa..
- Venga, Pedrito. Es así: la directora tiene razón. Usted debe estudiar.
Mamá estaba mirando y le caían las lágrimas. Silenciosas lágrimas sobre la buena cara gorda de mamá. Y entonces fue cuando papá hizo el círculo en el piso de tierra de mi casa con un palito.
- Nosotros somos estos. Nuestros padres trabajaron . Escuela, nada. Nuestros abuelos trabajaron y nunca aprendieron a leer y escribir. Y siempre trabajamos mucho todos, para no tener nada.

Yo no entendia.
- Pero no, papá. Yo quiero seguir yendo a la panadería. Usted me dijo que si no trabajaba no iba a ser nada en la vida.
Volvió a hacer el círculo con el palito. Mientras seguía hablando el círculo volvía a hacerse sobre sí mismo, una y otra vez.
- “Pero”, nada: usted, Pedrito es lo más importante para nosotros. Usted debe salir ¿entiende?

Entonces el palito salió del círculo hacia fuera.

Ahora camino por las calles de Buenos Aires . Voy a un juicio. Un hombre, un hombre culto, educado, un profesional (no daré más datos) había abusado de sus hijos a lo largo de veinte años. De sus hijos pequeños. Había tenido la suficiente sagacidad y astucia para que su esposa se callara y sus hijos se lo ocultaran no sólo a los demás sino entre ellos mismos. Una terapia del miedo administrada a dosis mínimas, perfectas y eficaces. Había logrado que lo mantuvieran en secreto durante todos esos años, hasta que uno de ellos habló. Voy al juicio.
Ningún pensamiento me dice tanto ahora como aquello de “…de cierto, de cierto les digo que si alguno escandalizare a uno de estos mis pequeños, será mejor que se atare una piedra de molino al cuello y se arrojare al fondo de la mar..:” Y ninguno viene a mí como éste ahora. Camino por ciertas calles de Buenos Aires, de cierto barrio lleno de personas apresuradas a principios de la década del 70. Extrañas sirenas aúllan en el fondo de esta ciudad. Una generación se desangra, un mundo se destruye, y en el centro de esta guerra, ahora sin soldaditos en la vereda sino una guerra pequeña y atroz en el centro de nuestra casa, me pregunto: ¿Qué piedras de molino, de qué tamaño harán falta para este hombre? ¿Cómo puede ser que la dimensión humana pueda ser tan extensa que incluya a un extremo a este monstruo al que ahora voy a tratar de que quede en la cárcel , y en el otro, a mi buen papá haciendo un círculo en la tierra con un palito? Voy por las calles de Buenos Aires hacia un juicio, a intentar salvar a esos niños que ahora son hombres y mujeres a los que nadie les devolverá jamás la alegría, pero, por lo menos, me digo, pueda devolverles algo de su dignidad. Pero nada, nada, les devolverá la alegría. No en este mundo, al menos.

- ¡Niño, niño, venga acá! ¿No sabe que los niños deben ir a la escuela?

Yo creo haberla mirado con perpleja incapacidad para comprenderla. ¿Escuela? Yo tengo que trabajar con mi papá. No, los niños no trabajan. Venga acá. Y me mostró la biblioteca, un cuadro de Sarmiento, extraño el cuadro, un Sarmiento sonriente, recuerdo casi como a través de una lejana neblina somnolienta. Los niños deben leer –me parece escuchar. Yo no hablaba. Los niños deben aprender. ¿Podría decirle a su padre que mañana quiero hablar con él? Y papá fue. Yo lo estaba esperando afuera de la escuela, y cuando salió, mi papá estaba triste, no sé si por lo que perdía, o porque había descubierto que, sin saberlo, se había estado equivocando. Para reconocer el propio error y corregirlo sólo hace falta un poco de coraje. Un poco, tal vez, nomás. Un poco.

Veo la cabeza calva del acusado. Yo estoy sentado con una mujer a mi derecha y dos hombres a mi izquierda. La mujer no llora. Mira algo a lo lejos. Tal vez no esté aquí. Escucho la voz del acusado : - Soy inocente. –dice - Todas las acusaciones son falsas.

Y luego, la sentencia.

No sé aún qué extraña o curiosa suma de hechos hicieron que ese atardecer, cuando ya era libre para jugar, los pies descalzos y colorados por la tierra de Clorinda, una mujer y yo estuviéramos en el mismo lugar. Me pregunto cuántos pedritos no estarán en esas circunstancias hoy, ayer, mañana. Me pregunto cuántas piedras de molino triturarán el trigo de esa siembra inconclusa, cuantas piedras harinarán los caminos de los adultos, cuántas piedras de molinos se atarán a los cuellos de los insensatos, de los degenerados, de los esclavizadores de niños, de los que los prostituyen serena, silenciosamente. Una piedra de molino que harina, una piedra de molino en el fondo de la mar, ¿en el fondo de la boca del gran pez?

Saludo a la mujer y a sus dos hermanos. Siento sus manos cálidas. Tal vez se salven. Yo vuelvo a casa. Me esperan mis hijos (tengo tres) y mi esposa. Se llama Luisa. Ellos no saben, aunque se los cuente, cuánto me salvó aquella mujer, cuánto me salvó mi padre, cuánto me salvan ellos hoy.

Mamá murió hace cinco años. Me escribo con mis hermanos largas cartas y nos volvemos a ver. Papá se fue hace dos. Siempre vuelve a hacer el círculo en el piso de tierra de mi rancho de Clorinda con el palito. Hace el círculo y vuelve a hacerlo, una, dos, tres veces, hasta que sale del círculo, el palito. Así.

Ilustración: la tapa del libro donde fue publicado (*)

(*) Este cuento ganó el segundo premio en el concurso “...Y el trabajo contó un cuento” (el trabajo infantil como eje de las historias) organizado por el Ministerio de Trabajo de la Provincia de Buenos Aires, año 2007. Diagramación de tapa: Florencia Manchiola.

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