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YO ME VOY CON LA VIEJITA

a Leonardo Conrado Granado

I

No lo soportó.
Él, el que siempre reía, el que hacía chistes, el irreverente, el buen tío Negro.
Murió.
Murió una vez de una vez por todas y también por todos pero de muchas copas con vino, con poco vino negro como su nombre Negro, pero poco cada vez.
Poco una vez.
Otro poco otra vez.
Otro poco otra vez.
Hasta que una vez fue la última vez.

II

Su hígado.
El águila comió su hígado.
Atado con cadenas a la encadenada montaña de encadenadas rocas.
Al sol. Al miedo.
Había nacido en un tiempo donde había demasiados héroes menos él.

III

Cuando estaba en 4to grado, repitió.
Lo hicieron repetir.
No podía pasar, le costaba escribir, hacer las cuentas.
Pero no dijo nada. Tiró el boletín en el arroyo y fue a su casa cantando.
“¡Pasé-de-gra-do-pasé-de-gra-do!”.
Al otro año la viejita lo vio en la misma fila del año pasado.
Cobró.
Siempre cobraba, pero no billetes.

IV

Cuando vino con sus viejos y sus cuatro hermanos a Buenos Aires, trabajó en una fábrica de zapatos.
Cuando cayó Perón cerró la fábrica.
Siempre fue así: nunca falta un tropezón cuando un pobre se divierte.

V

Y le regalaron zapatos. Cajas y cajas de zapatos. Zapatos puntiagudos y redondos, zapatos de puro cuero y zapatos de cuero puro. Zapatos talle 44 que no le iban a nadie y zapatos muy lindos pero imposibles de vender, porque nadie los quería. Zapatos o muy grandes o muy angostos que no entraban ni con calzador. Llegó a casa con una montaña de zapatos para regalar a quien quisiera, pero no vendió ninguno. Los regaló a todos y nadie los usó. Alguien dijo que le podían poner algodón en la punta. Alguien dijo: “¡Qué grande era el finado!”.
Le pagaron con zapatos la indemnización. Cobró una montaña de zapatos inservibles. Pero nunca un peso.
Cobró el espejo de sí mismo: todos sus pasos eran inútiles.

VI

Llegó llorando a casa porque él no tenía casa donde llorar. Había muerto la viejita y ese fue el último golpe que podía soportar: había visto a la Carmen con cuatro hijos, se abrió la puerta del tren, y los cinco (la Carmen y sus cuatro hijos) pasaron junto a él cuando las puertas se abrieron. No lo vio la Carmen. Ella, que había sido su gran amor, lo había dejado porque él no podía dejar de tomar.
Llegó llorando no por lo que había perdido de ella sino por lo que no pudo saber de ella. ¿Hubiera tenido esos hijos con él? ¿A dónde van las cosas malogradas?

VII

“Me voy con la viejita” dijo.
Yo tenía diez años. Los que lo escuchamos sabíamos muy bien lo que había querido decir.
Y lo repitió por si alguien se había hecho el que no entendía.
Mi mamá le dijo: “Dejate de pavadas, querés”.
Él tenía los ojos amarillos ya.
Él tenía la sonrisa amarilla ya. Todo él era amarillo como sus dedos pintados para siempre con la tintura de la fábrica de zapatos Guante.
Ya no sonreía, estaba infinitamente triste, de una tristeza profunda e irreparable.

VIII

No le habían querido dar la casa de Castelar. Los varones que siempre andan atrás de los billetes le dijeron que era de todos.
La vendieron por pagarés que nunca les sirvió para nada.
Unos pagarés celestes sucios sin valor.
El dinero se fue. No se puede disfrutar de ese tipo de dinero.
Él se quedó sin casa. La pidió prestada para morir. Todos sabían que se estaba muriendo, pero miraron para otro lado. Mi mamá lo intentó rescatar. Lo sé. Hacía gestos y movía la cabeza cuando lo supo. Le decía: “¡Negro, dejá de tomar!”
Muchas noches ideé las frases que le diría para que dejara de tomar.
Nunca me animé a hacerlo.

IX

Una casa no vale un ser humano (desde entonces lo supe, sí).

X

Como era de esperar, lo encontraron una mañana, sentado en su cama como si hubiera querido abrocharse los cordones de los zapatos, esos que tantas veces había pintado con tintura marrón, amarillenteando los dedos de sus manos.
Uno, y otro, y otro. En copa, nunca de la botella.
Una vez,
y otra vez,
y otra vez. Y una de esas veces, la última, la que ya sobrepasaba toda conjetura, toda esperanza.

XI

“Yo me voy con la viejita”.
Yo lo había escuchado musitarlo.
Era un buen cantante. Tenía una hermosa voz.
Alguna vez lo habían querido ayudar diciéndole que lo iban a acompañar a probarse a un programa de la tele que elegían al mejor.
Nunca lo hicieron.
En casa había un disco de pasta que él había grabado.
Yo solía escucharlo.
Una vez (tal vez pensó que yo no lo veía) lo tomó entre sus grandes manos y lo rompió en dos.
Algo se me quebró a mí también.
Cuando le conté a mi mamá me dijo: “¡¿Eso hizo?!”.

XII

Cuando murió empecé a sentir que yo tenía una deuda con él. Porque yo no le había pedido que dejara de tomar.
Pasaron los años y él siempre me acompañaba, como cuidándome.
Su compañía me salvó de peligros atroces.
Me decía: “Por acá no”.
Y es porque cuando casi lo tiran a Perón la primera vez, una bomba de la aeronáutica cayó a metros de él en la Plaza de Mayo. Y no explotó.
Lloró, gritó, durante tres días en la casa de la calle Cobo.
Y un día pagué la deuda. Le devolví su amor dado a un niño que casi no figuraba, un niño callado, un niño al que le daban poca importancia. Pero él sí: una vez me vio lustrando mis zapatos, los dos a la vez, con el cepillo de lustrar y se quedó observándome y se reía. Otra vez me hizo cantar. “Tenés una hermosa voz, seguí tus sueños”. Él veía de mí lo que nadie veía.
Y pagué la deuda.
No puedo decirlo acá cómo.
Solo puedo decir que por las cuentas que quedan sin saldar entre los vivos y los muertos, hay un lugar donde quedamos a mano.

XIII

Poco una vez.
Otro poco otra vez.
Otro poco otra vez.
Hasta que una vez fue la última.

XIV

Es decir, no estaba a mi lado.
Pero está igual.

Ilustración de Nando
Alejandro Seta
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