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CERO ALAS

Por Alejandro Seta

Cero buscó a Uno debajo de las sillas del restaurán, sobre los cojines de las abuelas, entre las sábanas de los enamorados, y, por fin, lo encontró tomando un helado con leche frente a la rambla. Lo reconoció a pesar de los anteojos oscuros.

Nunca lo hubiera querido encontrar, es verdad. Pero, esa vez, había decidido decirle todo.
Cero se le acercó por adelante y Uno, teniéndola totalmente controlada desde atrás de las lentes, la dejó venir sin inmutarse.

- Buenas tardes – dijo Cero.
Uno se hizo que no la había visto y no le contestó.
A Cero le temblaron las piernas.
- Pasable.
“ Clásica respuesta de Uno” – pensó Cero.
- ¿Venías a decirme algo?
- Mirá, Uno. Yo no tengo la culpa de haber nacido Cero.
“¡No! Qué dije. ¡Así nunca me va a respetar!.”
- No sé a qué te referís. Vos naciste Cero, yo nací Uno. Es verdad que por culpa de los ceros es que el mundo anda como anda.
“¡Ya empezamos!” - se dijo Cero. “Mejor uso la estrategia de valorarme”.
- Sin ceros este mundo no podría multiplicarse. Nadie puede llegar al 11 sin pasar por el 10.
- Ya lo discutimos a eso, chiquita. El cero del 10 es un simple cero auxiliar, un accidente en la cadena de hechos necesarios para que los unos vayamos cambiando de nombre: 1, 2, 3, 4, 5, 6. Sólo nombres diferentes para nombrar al siempre maravilloso 1.
- Bueno, si empezamos así.
- Empiezo y termino. Punto.
Uno dio vuelta la reposera y no l

Uno dio vuelta la reposera y no la vio más. Él creía que al sacarla de su radio periférico dejaría de existir.

Cero se quedó mirando el mar. Ahora que Uno no la miraba, volvía a ser Cero, ella de una vez por todas. Y el mar. Mirar el mar.

- El infinito – dijo.
Pero lo dijo por decir, como quien habla a solas, un pensamiento hecho palabra, sin deseos de ofender a nadie. Y Uno reaccionó, furioso:
- ¿Qué?
Como disculpándose, Cero dijo:
- ¡Infinito! ¡Y qué!. Infinito.
- No empecemos, no empecemos.
- Pero ¿qué tiene de malo?
- ¡Que eso es un engendro de intelectuales pequeñoburgueses! ¡El concepto de infinito es fruto de ese idealismo que ha hecho que las sociedades no progresen!
- Ah, bueeeeenooooooo...¡El señor Uno! ¡El señor Uno! - se envalentonó Cero-. El señor Uno ahora quiere filosofar porque yo dije la palabra infinito. Sí, infinito, infinito. ¿Y qué?
- Que el infinito no existe. Todo está calculado. Al fin de todo, estamos nosotros, los inmarcesibles, austeros y maravillosos ¡unos!
- Encima es de los que se pasan en la cola, y se ubican primero.
“¡Ah , no!. Esto es demasiado!”- pensó Uno. “¿También va a cuestionar mis viejas tradiciones?”.

De pronto, Cero supo que tenía pocas posibilidades. Sí. Se lo dijo:

suerte te será dada, pequeño burro ilustrado!
Uno empezó a agarrarse la panza única, con sus únicas manos de Uno. La risa le hacía doler la panza, cuando la risa causa dolores.
Silencio. Inmediatamente, una furia volcánica irrumpió por las calles ya muertas de su alma.
- ¿Y te olvidás de las guerras que hemos ganado, de las victorias, de los campos lujuriosos de sangre con los que nos afianzamos en el mundo? - rugió Uno.
- Infinito, infinito, infinito.
- ¿Y como si eso fuera poco, te olvidás de los buques de guerra, las marinas y las aviaciones que hicieron temblar de horror a poblaciones enteras?
- Infinito, infinito, infinito.
- ¿Qué es que nos pasemos al primer lugar de una fila, frente a las escenas bélicas que ideamos con precisión de cirujano? ¿Y dónde estabas en esos momentos, Cerito Al As, eh?- y su boca quedó abierta mostrando una dentadura casi perfecta.
- Infinito, infinito, infinito.

Cero miró las muelas de Uno: dos emplomadas, le faltaba otra a la izquierda.
Después de cerrar la boca, Uno ya no habló.
Entonces, Cero dijo, casi musitando: “La gloria de un minuto no engendra eternidades”.
Silencio.

Uno ya no tenía argumentos.
Fue en ese instante, en que (no hubo testigos) dos pequeñas alas nacieron de la espalda de Cero Al As.

Uno abrió la boca otra vez; pero ya no de furia, sino de perpleja rutina asfixiada, mientras Cero se perdía para siempre en las inmediaciones del cielo. Casi (casi) al fondo del mar.

Alejandro Seta
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