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EL FACULTATIVO RODRÍGUEZ VERA Y EL MISTERIO DE LAS HUELLAS EN LA ARENA

¿alguien lo había visto? preguntó el veterinario del pueblo don rodríguez vera hombre cincuentón y sabio el que además de curar mascotas tenía un verdadero talento para los casos policiales famoso por haber descubierto el crimen de la almacenera doña bernarda quien había aparecido muerta de una herida dorsal pero con todas las puertas y ventanas cerradas por dentro no era este el caso sino el del sillón blanco aparecido en la playa y el doctor rodríguez vera quien en sus momentos de ocio sabía componer versos comenzó su glorioso discurso en el borde de la arena seca a metros del objeto en cuestión con estas palabras ¿alguien perpetró el sillón alguien diagramó sobre los caminos torcidos de su mimbrería un amor perdido con cuerpo y todo tras las olas de la mar? ¿alguien estuvo aquí? preguntó o se preguntó por qué no había huellas sobre la arena y le contestaron desmadrados como siempre que no había huellas porque la mar se las llevaba con cada lamida por las noches cuando nadie la ve le dijeron al señor veterinario que al sillón lo pusieron sobre la arena seca y luego se moja y se va la arena con las huellas después de todo una huella no es más que un hueco con horma un huevo sin nido un vacío en la oquedad de la mano sin embargo dijo el médico de animales en todos los casos policíacos lo que más deberíamos buscar son las huellas pues no las hay entonces dijo el facultativo de la zoo-especie ahí está el problema nadie ha visto una huella nadie sabe cómo cada atardecer aparece el sillón de mimbre nadie se sienta nadie lo trae a la mañana siguiente todavía está allí y a nadie le importa no ven que son una manga de zoquetes porque acá está la huella invisible el argumento que desarmará la incógnita o los ardides de los designios porque no sé si saben dijo que los designios construyen el destino y podemos también desarticular la estrategia del astuto articulado con finísimos mecanismos de esqueletería de meñiscos pequeños de huesos que permiten el milagro de una sonrisa o vean si no a los perros que no sonríen dijo tomando argumentos de lo que sí conocía o no ven dijo la agilidad de la gigantesca ballena y cuando dijo ballena ya su figura parecía subida a la cátedra de las universidades del mundo como si los mismos ángeles lo escucharan y para que me entiendan dijo les voy a hacer una pregunta ¿quién sabe hacia dónde está dirigido el sillón de mimbre mejor dicho hacia dónde piensan que miraba el ser que supuestamente se sentó en esa silla? entonces todos se miraron perplejos allí a la orilla del mar era atardecer y tenía un numeroso auditorio que seguía sus elucubraciones la señora del farmacéutico dijo que a veces parecía que había estado de espaldas al mar sin embargo un jovencito de escuela secundaria dijo que también la había visto enfrentada a él y otro que al norte y otro que al sur pues bien señores míos dijo el sabio de los cuadrúpedos y bípedos señores míos debo decirles que nadie tiene la razón porque a decir verdad les voy a develar el misterio y es éste.

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- ¿Qué dijo el Facultativo Rodríguez Vera? - preguntó un niño que recién salía de la escuela.
- Que no había huellas ni nunca las hubo. Pero no preguntes más porque después no podrás dormir de noche.

El niño tomó las faldas de su madre y se arremolinó apretándose contra la segura solidez de una mujer joven. Caminaron desde el pueblo hasta las afueras y luego se adentraron en la arena. El niño solía mirar el mar todos los días en ese momento, cuando empinaban la subida de la última vereda y desde lo alto del primer médano se veía por primera y centésima vez el inconmensurable, el anchísimo mar. El mar, la mar, a quien tantas preguntas se le hicieron sin respuesta, o contestadas con ese constante murmurio que no daña.

- Mamá ¿por qué el mar no se sale de sus bordes? - preguntó esta vez el niño, mirándolo, sabiendo que ahora ya no podría seguir preguntando sobre los misterios del Facultativo Rodríguez Vera al menos por un tiempo.
- Porque el mar no es de este mundo, hijo.

A la mamá no le gustaba tampoco que el niño escuchara los extraños argumentos del Facultativo porque no le parecía que fueran de Dios.

-¿El mar es del nuestro, mamá?
- No preguntes, porque después no podrás dormir esta noche.
Y la mamá lo abrazó ahora ella contra sus piernas fuertes de mujer joven.

Caminaron más, caminaron más. ¿A dónde iban hacia ese lado del pueblo, eran pescadores, había barca alguna allí esperándolos? Caminaron, caminaron y se allegaron a la arena húmeda. Plácidamente tocaron con sus pies el borde del agua. Pronto se hicieron parte de la espuma, de la sal, del eterno canto del mar que responde la misma pregunta sin respuesta, la misericordiosa sabiduría de las olas. El mundo de ellos era otro, pero no era el peor.

La mamá y el niño no dejaron huellas. Y el mar no tuvo que borrarlas.

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y es este dijo el doctor de muevecolas y muevealas nadie trajo el sillón hasta aquí nadie se sentó nunca en ese sillón nunca nadie se lo llevará porque todos ustedes están muertos bien muertos remuertos y si no se dieron cuenta o no quieren reconocerlo sólo porque sus huellas se marcan en la arena ahora les voy a hacer una demostración señoras y señores niños ancianos atención y ante esas palabras de circo se escuchó de pronto una o prolongada y asombrada que salió de la boca de cada uno de los presentes la razón señoras y señores es que ni yo existo y dicho esto no hizo más que dar un brinco alto como una montaña y el Doctor Rodríguez Vera desapareció en el aire para siempre.

Alejandro Seta
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