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LA RATA

o lo que pasa en la mente de un femicida.
A Liliana Heker (*)

No sé exactamente desde cuándo convivo con ella.
Apareció una noche en que mi esposa, a las tres de la mañana, me despertó diciéndome que había una rata en la alacena, que escuchaba sus lamentos.
No sé tampoco desde cuándo comencé a combatirla, sin lograr aún vencerla, si desde esa noche (o desde antes) o mucho después. Finalmente comprobé que en realidad no sé nada de ella; lo único que me propuse fue matarla, y no lo conseguí, no lo consigo, porque es más fácil destruir a un enemigo, pero humano, que a un astuto roedor que se mete entre cloacas, cañerías, huecos mínimos, en los que no puede meter ni el dedo meñique uno.

Creo que a la semana de aquella primera aparición, volvió a traernos su fragante saludo -el rasguño de las patas contra la rejilla del patio, el ruido de la cola rozándose contra las paredes de las cañerías- para aparecer subrepticiamente por debajo del toldo, o descender hasta la puerta de la calle y escaparse por el desagüe[. Mi mujer, como todas las mujeres del mundo, creo, o como esas caricaturas de mujeres que aparecen de tanto en tanto, se subió a una silla mientras gritaba sacá a ese bicho asqueroso, matalo, matalo, pero como se escapó nada pude hacer.
Un día estábamos comiendo y nos dimos cuenta de que a nuestras espaldas algo nos miraba silenciosamente. Estaba el televisor encendido, por lo que, aunque hubiera hecho ruido, no la hubiésemos escuchado, pero sentimos, sin embargo, esa mirada rauda, tan pesada, que casi al unísono tuvimos que darnos vuelta. Mi esposa, de un solo salto, se subió a la mesa, y entre sollozos, luego de que la rata, asustada por los gemidos, lograra escaparse nuevamente, me hizo prometerle que no iba a descansar hasta matarla. Dicho sea de paso, ese día, después de mucho tiempo, habíamos conseguido hallar algo que no uniera, como esos ejércitos que, aunque con intereses diferentes, reúnen sus fuerzas contra un enemigo común.

Yo traté de asesorarme lo mejor posible y consulté a un compañero de fábrica: él había sufrido un problema semejante. Era un tipo al que todavía recuerdo como un desamparado, uno de los tantos que no encuentran nada bueno en ninguno de sus días, pero su odio hacia las ratas había llegado a ser tal que, según me confesó, se había pasado tres noches seguidas en vela urdiendo el método adecuado de exterminio.
Me comentó que existía una trampera en la que se coloca la carnada (un trozo de queso) dentro de la jaula, pero que, al entrar, la rata es aguillotinada al medio por un mecanismo filosísimo. La tarea de remoción es desagradable, pero el experimento, sin lugar a dudas, efectivo. A mí, el sistema (al que deseché después de haberlo considerado varias veces) me pareció arcaico y repugnante. Uno guarda un poco de humanismo, caramba, y creo que si, a pesar del saldo negativo, nos dieran a elegir entre morir decapitados o bien asfixiados en una cámara de gas, prefeririamos siempre esto último.

Un día, leyendo el diario, vi un aviso que propagandizaba un veneno con las siguientes características: una tableta con un olor lo suficientemente atractivo como para que la rata hincara el diente con premura, contenía un anticoagulante que le producía a la pobre una hemorragia innterna por la que moría en contados minutos. Yo no sólo me puse en el lugar de ra sino que en el mío propio, y traté de imaginarme soportando los chillidos agonizantes del animalejo mientras se perdía por las cañerías hasta morir.
También lo ignoré.

Mientras tanto, la rata había hecho varias incursiones más, lo que ya no me preocupaba, pero un día, al llegar del trabajo, encontré a mi esposa subida a una silla, envuelta en una verdadera crisis de nervios. La rata, en mi ausencia, había aparecido por encima de la baranda de la escalera, y se había quedado mirándola desde el rellano más alto, hasta irse. Me costó mucho convencerla de que podía bajar, que se ya se había marchado. Ese fue el día del últimátum o se va la rata o te vas vos. La pregunta que cualquier marido hubiese pronunciado fue: ¿la preferías a ella antes que a mí? A lo que me contestó que no, pero si no sabés matar ni a una rata no servís para nada. Debo reconocer que me costó comprender la brillante verdad enunciada, y así preparé nuevos mecanismos; ideé formas victimarias que no me provocaran repulsión ni asco, y que a su vez no estuvieran reñidas, de manera que no me denunciaran, con la Liga Internacional de los Derechos Humanos.
Pero no había caso: muerte por trituración, electrocución, ahogamiento con agua, asfixia con gases, y hasta por medio del sexo, muerte tan común, por otro lado, en nuestra sociedad occidental y cristiana, se sucedían en cuanto folletín, propaganda o corredor de cosas útiles se me presentaron.
Ninguno me convenció.

Finalmente, terminé por inventar uno, paradójicamente el más sencillo: dentro de una jaula para pájaros puse un pedazo de queso sujetado a un palillo que, a su vez, mantenía la puerta abierta. Al entrar el animal, se cerraba, atrapándolo.
Lo preparé desde las seis de la tarde de un día hasta la una de la mañana del otro, y lo esperé hasta las tres, hora en que venía casi invariablemente. Cuando la escuché llegar por la cañería, le saqué la tapa a la rejilla, bajé la jaula, de manera que su puerta diera a la desembocadura del caño. Entonces, la rata asomó la punta de los bigotes. Husmeó. Atraída por el olor del queso, puso primero una de sus patitas, luego la otra, volvió a retroceder desconfiada mientras yo escuchaba mi propia voz diciéndole vamos ratita, vamos que ya estamos; entonces, como si se hubiera sentido alentada, volvió a repetir la operación, metió la cabeza, el cuerpo, llegó al queso, y zas, quedó atrapada. La cola quedó afuera de tan grande que era, nunca me hubiera imaginado cosa semejante, y había que ver con qué ojitos me miraba, como recriminándome que la hubiese encerrado, o suplicándome que no la matara. Al contrario de lo que se cree por ahí, las ratas tienen un pelaje muy suave, brilloso, que al contacto con los dedos se eriza, porque se dejan acariciar si uno les pasa la mano lentamente por el lomo, y hasta se mueven con toda sensualidad, como impulsadas por un ritmo interior.

Eran las cinco; después de haberla observado prolijamente, me introduje con toda precaución en el dormitorio donde descansaba plácidamente mi mujer, y la desperté para mostrársela: cuando logré que volviera en sí y después de sacarla al patio, me gritó miles de barbaridades; pero si no tiene nada, es limpita, tenés que verla. Le prometí que a la mañana siguiente iba a matarla.
Cuando amaneció (era sábado) me levanté y dediqué mi tiempo a meditar sobre la manera de llevar a cabo el sacrificio. Pero por razones de humanismo ya enunciadas, lo dejé para otro día, escondiéndola en el cuarto de los trastos, mientras le explicaba que ya lo había hecho. Pero la mentira duró poco, porque la muy cretina ratita empezó a los chillidos a esos de las cinco de la tarde, y comprendiendo todo, me amenazó con que o matás a esa inmundicia o si no lo hago yo, pero desde ya podés empezar a irte de esta casa para no volver más.

Pero ¿por qué habrá sido tan desagradecida? Si algo me repugna en las personas es que no sepan apreciar los valores allí donde verdaderamente se encuentran, porque, como ya dije antes, si alguna vez tuvimos con mi esposa algo en común, fue la lucha contra y posterior diferencias por la rata. De manera que si le debíamos a alguien esa mínima conquista de la intimidad, era a ella; y justamente por esa congratulación, no se merecía una muerte premeditada. Pero como ella ya no prefería a ninguno de los dos, decidí hacer lo que hice (¿por qué fuiste tan desagradecida?) y no me arrepiento.

Cuando vinieron a buscarme ya hacía dos días que mi esposa yacía en el dormitorio con el cuello hecho pedazos. Ellos dijeron que estaba muerta, pero no me juzgaron porque dicen que estoy loco, que no había ninguna rata con su jaula en el momento en que llegaron; yo sé que ella se esconde cuando la miran, pero que está siempre conmigo, en su jaulita, aquí, donde me tienen encerrado.

Durante el día la pongo debajo de la mesa; por las noches la subo a la silla y le doy de comer de mi plato.
Es muy inteligente.
Sabe elegir lo que le gusta.
Y hay que ver cómo crece.

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(*) Está dedicado a Liliana Heker porque ella fue quien presidió el jurado en el año 80, en el concurso organizado por UNCIPAR (Unión de Cineístas de Paso Reducido) cuando recibió el segundo premio, y otro cuento también de mi autoría (Diviértase y Gane) el primer premio. La rata fue llevada al cine en un corto dirigido por el maestro Antonio Rocha. Luego, Natalio Seta, mi viejo y director de teatro, lo adaptó y llevó a escena con el actor Alejandro Giles como protagonista.

Alejandro Seta
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