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LA NAVIDAD DE MAINUMBY Y EL MEJOR MECÁNICO DEL MUNDO

a Jorge Aponte - Inspirado en el cuadro de Enrique Manuel García

Cuando Enrique pintó este cuadro, Mainumby no estaba allí. Si lo mirás bien. Mainumby está en el extremo inferior izquierdo ahora, pero antes no. Enrique había pintado la figura del hombre con una máscara de oxígeno rota, como si se la hubiera querido sacar a los tirones y no pudo, o tal vez la vejez, los años transcurridos en que la tuvo puesta se le hubiera hecho parte de su cara.

Pero una vez terminado, el cuadro no estaba terminado y Enrique no lo sabía.

- ¡Cris! -. Mirá.
Estaba sobresaltado. Lógicamente.
Ella lo vio inmediatamente.
Se quedaron quietos por un buen rato. Luego bajaron sin decirse nada.

¿Por qué había hecho ese retrato con máscara vieja?
Ni él lo sabía, y al dormir, se despertaba sobresaltado preguntándose qué significaba ese sueño que había tenido muchas veces durante tantos años. Y se sabe que la mejor manera de quitarse un sueño extraño que te atormenta es pintarlo, o escribirlo, o contarlo. Pero él nunca lo había contado porque le parecía que era como romperlo en pedazos y perderlo para siempre porque a pesar de que lo atormentaba de a ratos, no quería perderlo del todo, por su implacable belleza inalcanzable, por su dolorosa expectativa de que significaba algo que no llegaba a entender del todo, como un tesoro escondido debajo de la arena de un desierto. Uno mete las manos en la arena y ya sabe que el tesoro no son joyas ni metales preciosos, que el tesoro no está encerrado en una caja infranqueable ni bajo llaves abstrusas, el tesoro es otra cosa y está en otro lugar.

Entonces fue cuando, al día siguiente, fue a mirar el cuadro y descubrió que el hombre que había pintado miraba hacia un costado y ahora miraba hacia abajo. A Mainumby que, en guaraní, significa picaflor.
Estaba allí, pintado. Parecía moverse. ¿Vieron cómo ellos pueden volar y quedarse quietos en el aire, volando? Bueno, así.

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Jorge, ya se lo dije, usted es el mejor mecánico del mundo. Los mecánicos tienen una costumbre: es pedir dinero antes de empezar, luego (en el mejor de los casos) abultan el problema y lo cobran enormemente más caro que lo que era. Inventan problemas, usan repuestos usados, dejan desperfectos en el automóvil para que el cliente vuelva, en fin: engañan para ganar más dinero en una sola oportunidad, sin saber que están cavando la propia fosa de sus desgracias.
Jorge, usted lo sabía. Por eso siempre me explicó lo que iba a hacer con mi auto, a pesar de que yo no necesitaba explicación alguna.

- El automóvil es un invento muy imperfecto.
Y usted le daba más énfasis a esa palabra “muy”, y luego discurría entre los circuitos del agua, los engranajes, el cigüeñal, la temperatura (¡la temperatura!) que, como en el caso de los humanos, es signo de enfermedad. La enfermedad del auto, sin embargo, comienza antes de la temperatura, me solía explicar usted, y la temperatura, como en los humanos, es sólo la consecuencia de fallas anteriores. Por eso, el automóvil es un invento muy imperfecto, porque es casi imposible que todo funcione de manera perfecta al mismo tiempo, porque, a diferencia de los humanos, nosotros (me decía) tenemos la capacidad de que nuestro cuerpo se cure solo, tiene organismos que lo reciclan, lo vuelven a crear en salud, pero el auto no. Una vez que tiene un desperfecto, poco a poco tiende a morir.

- Es un auto.
Esas tres palabras se las había dicho (me contó) el dueño de una casa de venta de autos de primera clase, carísimos, usted me dijo las marcas, yo no sé nada de eso. Mi mente discurre entre frases de los libros sagrados, y de los mejores autores de cuentos y algunos poemas, y también es difícil encontrar un cuento o una enseñanza humana (salvo en los libros sagrados) que sea perfecta.

Me contó, entonces, que usted cuidaba de esos autos impecables, admirables, y desfallecía por ellos: el brillo, que no tuvieran ninguna rayita, ni un poco de polvo, que nadie los tocara siquiera hasta el momento de su venta, y el hombre, el dueño del local, vio su dedicación esmerada por el cuidado de esos objetos caros y le dijo esas tres palabras:
-Es un auto.
Y usted me explicó, me agregó, luego, como si hiciera falta (tal vez lo era) que le había querido decir que era sólo un auto, nada más que un auto, un objeto que algún día desaparecería para siempre.

- Pero nosotros no – me agregaba. Y ahí comenzábamos a tocar los temas sagrados, usted soñaba con una iglesia que fuera como la del principio, con ese fervor por el bienestar del prójimo, con esa preocupación por el hermano, por qué somos tan egoístas, qué haríamos, se preguntaba, si Jesús estuviera entre nosotros ¿le fallaríamos también?.

Ahora su cuerpo le ha jugado una mala pasada. Todo funcionaba bien, usted se cuidaba la salud, me consta; un día, uno de los tantos días en que le llevé mi imperfecto auto, fuimos a un negocio con olor a especias donde usted compraba los alimentos de la semana, todos basados en alimentos impecables, de gran valor nutritivo, me explicaba, también, que eso lo hacía sentir mejor, la vitamina c, los cereales, yo no escuchaba mucho esas cosas, pero supe que usted se preocupaba por su cuerpo. Sin embargo, ahora, su cuerpo tuvo un desperfecto, una ruptura de uno de esos mecanismos, el cerebro fue afectado, las neuronas dejaron de emitir señales a las extremidades, usted (dicen) abre los ojos ahora, pero no reconoce , ¿O sí reconoce pero prefiere continuar pensando en ese mundo que ha desaparecido, cree usted, para siempre? Usted me hablaba mucho de sus impresiones espirituales, de cómo había llegado a saber que Dios lo tenía en cuenta, que usted y yo y todos somos importantes para Él, que nos ama como un buen padre ama a sus hijos. Que usted lo supo una vez y esa vez, me dijo, usted (me explicó) que nunca llora, que esa noche lloró durante muchas horas. Y que esa experiencia lo había cambiado para siempre, y que no había nada más importante para usted que la Iglesia, y que la iglesia no era ese edificio, ni las desobediencias, sino ese sentimiento que usted tuvo aquella vez.

- No deje tanto tiempo sin poner la cuarta.
A veces usted me pedía si podía manejar mi auto, entonces me enseñaba cómo se maneja.
- No se apure, si ve que el semáforo está en verde, seguro que no va a llegar a tiempo, frene con los cambios, más en días de lluvia, para que el auto se agarre, fíjese que el auto pesa miles de kilos, no puede frenarse con dos pastillitas así de pequeñas, tenemos que ayudarlo con el motor. Las personas a veces somos así, queremos frenar nuestros descontroles a último momento, cuando ya es tarde.
¿Por dónde andará su mente ahora? ¿ Se acuerda del yaguareté, Jorge, de aquello que me contó una vez acerca del yaguareté en la vasta extensión de la selva paraguaya? Yo lo escribí en un cuento ya, fue cuando viajó con su hijo a buscar los nombres de sus antepasados de Paraguay y tuvo que adentrarse en la selva, usted no quería entrar con el auto, pero el hombre que los guiaba los hizo entrar, la casa estaba del otro lado, adentro de la selva, y de repente, en un momento en que el motor se había quedado, usted se había bajado para mirar el motor y escuchó, a un costado del camino, el ruido pesado entre las hojas y las ramas, en la oscuridad del follaje. - Es el yaguareté que anda cerca – le dijo su guía.

Afortunadamente, el auto arrancó enseguida.
También me dijo que en la selva vio muchos picaflores. Me dijo que no era cierto eso de que son espíritus que habitan en sus cuerpecitos, ni nada de eso. Son animales. Nosotros somos personas. Las nubes, son nubes. Es muy sagrado eso. De esos sí que había muchos, esa vez los vio de noche, eran cientos, me dijo que eran como luces de colores. En guaraní les dicen mainumby.

- ¿Qué hacés, Mainumby?
En su sueño que va durando siete meses, Jorge vio al picaflor acercársele. En su sueño, él tiene una máscara, una máscara rota, rota por el tiempo transcurrido y porque él una vez había querido sacársela, pero era como si la tuviera pegada a la cara.
- Vine a ayudarte. Enrique, un pintor que te conoce, te pintó sin saberlo. Te pintó en tu sueño.
- Qué bueno -dijo Jorge.
- ¿Vos sos de la bandada de picaflores que vi en la selva?
Mainumby no le contestó.
- Vine a sacarte de este sueño.
- No creo poder. Es mi cuerpo.
- Mirá, vamos a hablar de Jesús.
Entonces se contaron todo lo que sabían de Él, y todo lo que sabían era mucho más de lo que se sabe y de lo que no se sabe. Hay un libro que dice que si se contara todo lo que Jesús hizo en la tierra no alcanzarían todos los libros del mundo. Ellos se contaron todo. Venían las historias como ráfagas de viento, a veces huracanado, a veces con mayor inocencia, pero llegaban una tras otra, vieron todo, supieron todo.
- ¿Por qué te enfermaste? - le preguntó, después, Mainumby.
- No lo sé. O sí creo saberlo, pero no lo sé del todo.
- Cuéntemelo, Jorge.
- No entiendo la maldad de los hombres. Por eso.
Mainumby se quedó pensativo Luego dijo:
- Es imposible de entender.
- Por eso me enfermé, ¿me entiende?
Entonces, como regalo, el diminuto, el desconocido pájaro, le dijo que mirara hacia adelante.
- Esto fue de lo que no hablamos, Jorge. ¿Sabe? Hoy es Navidad.
- ¿Hoy es Navidad?
Y miraron y vieron a un niño recién nacido en brazos de una mujer muy bella, muy joven, y a un hombre, muy bueno, muy joven, que los abrazaba a los dos.
Jorge se agarró la cabeza.
- ¿Qué pasa, Jorge?
- Fueron peor que Herodes.
Mainumby no entendía. Entonces Jorge le dijo al oído estas palabras:
- Herodes los dejó vivir dos años.

Mainumby voló mucho esa noche. Fue la noche en que Enrique había dado por terminado el cuadro del hombre de la máscara rota, y no sabía bien por qué lo había pintado. Durante muchas noches había soñado con él, con esa imagen y, como no sabía qué significaba, lo pintó, para entenderlo, para no soñarlo más. Tampoco sin saber por qué, le puso de nombre La Venganza.

Voló entre tejados de ricos, entre techos de casas muy pobres, entre personas que se hacían mal unos a otros, entre personas que se hacían mucho mal a ellos mismos, entre personas que no sabían por qué lo hacían. Voló incansablemente para llegar a tiempo. Vio el mundo entero, vio lo que no podía saber por qué sucedía. Se horrorizó. Quería llegar a tiempo a la casa de Enrique, vio una ventana apenas abierta, era la ventana de su taller, entonces vio el cuadro donde estaba pintado Jorge, y así, volando, como venía, se metió en el cuadro.

Los ojos del hombre de la máscara miraba hacia un costado. Cuando vio a Mainumby metido, insertado. en el cuadro, lo miró . Y así quedaron, para siempre, de una manera que tampoco este cuento puede darle una explicación, porque las cosas más bellas de este mundo no se explican demasiado.

Jorge, en su sueño, se levanta y se mira un espejo que hay allí. Allí está todo, es mucha la soledad, pero todo está allí, y en el espejo ve su cabeza con máscara. Entonces intenta sacársela.
Y puede.
Entonces ve su rostro como era antes, cree que no va a poder sonreír.
Y puede. Le gusta ver su cara sonriente.
Y se despierta.

Pintura de Enrique Garcia - un hombre con máscara de gas y un colibrí
Alejandro Seta
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