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ESTO FUE LO QUE SUCEDIÓ EN TRÍGONUS

“Mas Jesús, habiendo clamado a gran voz, entregó el espíritu. Y el velo del templo se rasgó en dos, de arriba a abajo; y la tierra tembló y las rocas se partieron”. Mateo 27: 50-51

Ame juega con Rod bajo la luz de una de las tres lunas de Trígonus, el planeta verde.
Ellos viven en una de las ciudadelas a orillas de un gran mar, donde los árboles se apoderaron de las laderas de las montañas, y de las orillas de los ríos, y de las calles mismas, y de las casas. Los árboles son más importantes que las personas en Trígonus.

A nadie se le ocurrriría lastimar un árbol, porque ellos sostienen que los árboles los protegen. De los vientos, de los grandes calores, de los grandes fríos, de las tempestades y de los malos sentimientos, porque, aseguran, si observamos a los árboles seriamente aprendemos a vivir entre personas.
De hecho, hay casas en Trígonus que se asientan sobre los árboles, pero no porque las hayan construido allí, sino porque los árboles siguieron creciendo y, con sus enormes raíces, las levantaron en el aire. Los habitantes de esas casas, al verse elevados a las alturas, sólo atinaron a construir escaleras para bajar, agradecidos de que los árboles hubieran tomado la decisión de protegerlos.
¿A qué juegan Ame y Rod bajo la luz de una de las tres lunas? A escapar de sus propias sombras: giran y giran una y otra vez tomados de la mano, y a veces sueltos, realizando una maravillosa danza de manos y piernas y risas que son como la misma música de esa extraña danza sin música.
- ¡Aamee! - dice, llama, la mamá de Ame a Ame, quien deja de danzar-jugar con Rod (¿acaso es distinto danzar que jugar?), y se despiden. Rod va a su casa, donde ya está su mamá a la puerta, que es la de la casa de enfrente a la suya.
En la mesa de Ame hay sopa de vegetales, que a ella le encanta.

- ¿A qué estaban jugando con Rod?
La mamá de Ame es como un pequeño ángel femenino que arregla constantemente la casa y lee libros de los cientos de libros que hay en la biblioteca de la casa, que los lee de a ratos, entre la comida y el orden de las cosas, y las reponsabilidades de Ame como es ordenar su ropa y sus juguetes.
- A jugar con las sombras.

Al terminar de comer, salen a la puerta a mirar el cielo con tres lunas. De pronto, mamá Alexia pone la mano sostenida en el aire y la mano da tres sombras. Ame mira de reojo lo que su madre hace pero no deja de mirar el cielo. Se puede hacer eso, Ame lo sabe.
- ¿Dónde está Tierra?
Alexia sabe que a Ame le preocupa eso desde hace unos días.
- Muy lejos – contesta. Trata de señalar un lugar en el cielo, pero ella tampoco sabe dónde.-¡Hay tantas estrellas! Tal vez una de ellas sea el sol de Tierra.

Ame intenta entender lo que dice Alexia, cierra los ojitos y los aprieta como si eso la ayudara. Pero no lo logra. Vio (le leyeron) en El Libro que Jesús murió allí. La primera vez que lo vio colgado de dos maderos cruzados un estupor la sobrecogió por entera y un dolor innenso se apoderó de su pequeño corazón. “¿Qué hizo de malo?” - se preguntó en voz audible pero musitada. Y cuando le dijeron que nada, que nunca había hecho nada malo, más le costaba entender.
- ¿Hay allí gente tan mala? - le pregunta ahora a su mamá.

Alexia no sabía hasta entonces que ser mamá incluía intentar contestar este tipo de preguntas.
-Y también gente tan buena.
- ¿Cómo lo sabés?
- Porque si no, Tierra hubiera desaparecido inmediatamente después de la muerte de Jesús. Unos a otros se habrían despedazado. Eso nunca ocurrrió ni ocurrirá en Trígonus. Tierra sobrevive porque también hay seres maravillosos cuya bondad hace que la humanidad persista en seguir creyendo. Es como esto.
Alexia levanta un palito del suelo y lo coloca sobre el dedo índice izquierdo de la mano. El palito intenta caerse pero ella mueve levemente el dedo y el palito vuelve a su lugar. Ame entiende.
Por un instante trata de comprender la maldad , qué es eso, pero no puede. No lo pregunta, simplemente trata de olvidarlo.
-¿Y por qué en Trígonus no necesitamos del palito?
Alexia entiende. Piensa un rato. Hay más de dos respuestas en su mente.
-Porque aprendimos.

Muchos años después, Ame ya es una mujer de adulta y bella, con dos hijos: Rod y Bed. Se ha casado con Rod, su amigo eterno, como a ellos les encanta decir, y tiene 84 años según los años de Trígonus, porque debemos saber que este planeta es tres veces más pequeño que Tierra y sus días pasan rápidos como flechas, por lo que se levantan de noche y se acuestan apenas atardece, muertos de cansancio, porque deben hacer en poco tiempo lo que a cualquier persona de otro planeta más grande le llevaría muchas horas más.
“Dicen que en Tierra desperdician el tiempo, porque tienen mucho”.
Alexia ahora la mira barrer el porche de su casa, que es la misma, y sabe que pronto le llegará el tiempo de partir. Sabe (cree) que allá la espera su esposo, el papá de Ame, que falleció de una muerte inexplicable cuando Ame tenía un día.
De vida breve como el mismo tiempo de Trígonus, Evaristo siempre estuvo presente en las historias de su imaginación, porque Alexia se había preocupado de contárselas todas, aderezadas con episodios no muy creíbles, con pizcas de emociones tal vez nunca tan vividas, pero con el condimento del amor pleno por aquel ser maravilloso del que siempre estuvo enamorada aún después de haber estado muerto por muchos años. Hasta ahora, en que Ame barre el porche de su casa mientras ella la mira y los pequeños Bed y Rod juegan a taparse la sombra y a correrla, bajo la luz espléndida de la Gran Estrella.
- El Libro – dice Alexia- dice que también desperdician los árboles.
Ame no lo puede entender todavía. No puede entender a esa gente extraña de Tierra.
Ame recuerda ahora cuando su mamá le contaba al lado del fuego del hogar, durante las noches, las historias de Evaristo, su padre. Que era hermoso, que era buenísimo, que estaba lleno de una luz que contagiaba alegría, y que cada parte de su cuerpo parecía desprender una luminiscencia con cierto suave calor intenso, por lo que ella adoraba dormir abrazada a él. Que, antes de casarse, caminó Trígonus tres veces, durante muchísimos días y años, y que todo estaba acá, en su cabeza, y en sus escritos, en sus treinta libros escritos de canciones y poemas recogidos de los pueblos entre los que había andado para recordarles el compromiso sagrado que tenían de leer El Libro, porque allí se prometía que si Jesús había muerto en Tierra también iba a volver a Trígonus.
En Trígonus nadie dudaba de esto.

- ¿Qué es ese temblor mamá? - preguntó la niña Ame de tres años a Alexia.
Alexia miró el cielo y se arrodilló.
- Están temblando las estrellas.
Ame había percibido antes de que Alexia lo sintiera, que el suelo del planeta estaba temblando, atemorizado, ruborizado por saber que en un lugar del Universo una especie de hombres habían sido capaces de matar a su propio Dios.
- Están matando a Jesús – dijo Alexia.
Ame dijo inocentemente que eso había pasado hacía miles de años. Que eso decía El Libro.
- Está sucediendo ahora. De alguna manera que no entiendo, está sucediendo ahora.
Alexia inclinó la cabeza. Ame la imitó. Muchos, todos, en Trígonus, se arrodillaron y encogieron la cabeza entre sus hombros. Durante todo el día tembló el suelo, pero tembló de una manera imperceptible para los sentidos, casi un temblor invisible.
Durante muchas horas las estrellas danzaban un baile como al que solían jugar Ame y Rod. Las tres lunas apenas se estremecieron brevemente. Pero allá, allá, muy lejos, un pueblo estaba aprobando que apedrearan, lastimaran, escarnecieran y trataran de quitarle la vida a Aquel que había dado todo por ellos.

Ame no entiende la maldad.
Nunca la entenderá.

Ilustración: Nando

Ilustración de Nando
Alejandro Seta
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