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LA ABUELA DEL PARAGUAS ROJO

Si la hubiera podido ver de cerca, seguro que tenía una sonrisa.
Vi su sonrisa sin verla.

La gente camina de una manera cuando sonríe, más en medio de la nieve, y ella era una de ellas.

Se llamaba, se llama, Vladislaa y vive en Rusia.
Me dijeron que, anciana, aún camina con ese paso apresurado cuando uno de sus hijos la necesita. Tiene diez, pero esta vez va sonriendo, y con su paso que semeja al de una ardilla, socorrerá feliz a su hija que está por dar a luz..

En ese tiempo, la única comunicación que funcionaba era la certera impresión de que por algo tenía que ir. E iba.. No ve los misteriosos árboles del bosque que se elevaron tanto en busca de la luz que ahora parecen no existir; no ve siquiera la nieve.

Y bajo la luz que atraviesa el paraguas rojo que tomó apresurada para que no se le mojara el pelo con la nieve, sólo ve la amada cara de su hija en medio de los dolores.

“Hola, mami” –serán las únicas palabras.
Ya ve el parto; ya, el coronamiento; ya, el rostro del bebé, vivo antes de que naciera; ya escucha el sonido de su llanto.

Todo es presente para ella, viva, también, la abuela que recorre las millas que se le hacen miles, hasta que ve humear la chimenea de la casita donde vive su pequeña.
Ella irá una y otra vez hasta donde fuere cuando uno de sus hijos la vuelva a necesitar, sin saber que, en ese deambular, está construyendo cimientos ignorados.

Después de todo, personas como Vladislaa son las que, con su silenciosa práctica, justifican que este mundo permanezca.

señora en la nieve
Alejandro Seta
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