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EL MUERTO QUE SE OLVIDÓ DE SU PROPÍA MUERTE

a don Félix Galeano, un héroe anónimo

Don Tito me ayudó a hacer la casa.
Llevaba las herramientas a la suya, las bolsas de cal, las maderas. Para que nadie me las robara. Me ayudó una y otra vez, desinteresadamente, y cuando una vez le pregunté por qué lo hacía, me dijo:
- Porque hay que cuidar a la gente buena que viene a vivir cerca de uno.

Antes acá todo era campo, estaban sólo su casa y la mía, en la misma hectárea.
Ahora está lleno.
Robaron las tierras, pero los pájaros todavía no se fueron.
Don Tito golpea las manos.
Está en la puerta:
- Don Tito ¿qué hace?
- ¿Cómo qué hago? – se rió con un juajua muy claro que él gritaba, casi, cuando se reía, y eso era muy seguido. – Vengo a verlo. Vi que tenía la lamparita de afuera encendida, y venía a avisarle que ya es de día. ¡Juajua!
- Pero ¡don Tito! Usted está muerto. (En realidad lo dije así: ustés tamuerto).
- ¿Quién le dijo?
- Su sobrina. ¿No se acuerda don Tito, que la última vez que vino a verme no me reconoció? Andaba perdido como turco en la neblina y hablaba de mí como si fuera otro. Me dijo: don Alejandro es maestro. Y yo le dije: Pero, don Tito, si don Alejandro soy yo. Jua jua se rió usted. ¿No se acuerda?

- Sí, me acuerdo. Y no. Pero lo que sí sé es que no estoy muerto, don Alejandro.
- Entonces su sobrina me dijo que como ya no reconocía a nadie lo habían internado en un geriátrico. El vecino de acá a la vuelta, don Julio, quiso ir a visitarlo y su hija, al atender la llamada, le recordó a su madre. Entonces no fuimos. Al poco tiempo, nos avisaron que usted había muerto.
- ¿Muerto? Pero mire usted. Recién me entero –y volvió a reírse.
- No se ría, don Tito, porque a la semana siguiente le ocuparon la casa, le vendieron todas sus herramientas viejas, esas que no necesitan de electricidad, y se repartieron la ropa, como en el tango ¿no se acuerda?
- ¡Pero si yo vengo de allá, ¿de qué me está hablando ?! Yo soy un gaucho que trabajo en los tambos eléctricos, con lluvia, con frío, con los pies en el agua, casi dejo los huesitos en el tambo. Después me fui acercando a la ciudad, aunque todavía estamos en el campo, pero de a poquito me voy acercando a la ciudad, para acostumbrarme. ¡Jua jua!
- Don Tito, creamé, ustés tamuerto. Muerto, muerto ¿me entiende?
- Sigamé - me dijo.
Entonces lo seguí. Y me llevó hasta su casa. Allí estaba su sobrina, el esposo, un nene.

Me miraron torcido.
Don Tito entró como si fuera la suya de antaño, pero cuando yo intenté entrar , el hombre sacó un puñal que tenía en la cintura y me preguntó que quién creía yo que era para entrar así, como pancho por su casa.

Yo le dije que Don Tito me había hecho entrar.
El hombre, entonces, miró a su esposa, y, asustado, me empujó para afuera.

- Acá no está don Tito. Y nadie le dio vela en este entierro. Él murió poco después del accidente, perdió la memoria, después del día en que se subieron al techo, y cayeron, se rompieron las maderas, y se rompieron los malditos cráneos. ¿De qué me está hablando? De esto hace más de un mes. ¿Qué cosas dice? ¡Fuera! – y me echó como a un perro.

Corrí hasta mi casa. Aterrorizado.
Cerré la puerta.
La aseguré con trancas.
Y hace tres días que no salgo.

Alejandro Seta
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