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SOY BORGES, PERO NO ME LO CREERÍAN

Trámesis y Trígonus son dos planetas cuyo sistema de rotación consiste en girar juntos alrededor de sus tres lunas, y, a su vez, debido a la pequeñez de sus diámetros y órbitas, ambos se traladan alrededor de lo que en Tierra se llama Sol, y en Trámesis lo llaman Xal.
En Trígonus festejan la variedad sonora de los vocablos.
En Trámesis, la de los números.
En Trígonus, como ya sabemos, los árboles son tan gigantes que levantan las casas sobre sus brazos.
En Trámesis, los bosques fueron delineados matemáticamente. En Trámesis carecen de canciones y cuentos, que los trigonienses les comparten solidarios.
Los tramesianos, a cambio, les dieron a conocer el secreto de las balanzas y las brújulas.
Y como en Trámesis al sol lo llaman Xal, todos los nombres de los tramesianos empiezan con X.
Xal significa dador de vida.
Tienen un único diccionario de una sola letra: la X.
Y buscando y buscando biografías de artistas en el otro confín de la galaxia, encontraron a un inventor de ciudades que vivía en en barrio del extremo sur de aquel planeta extraño.
Los nombres en Trígonus son variados. Y a un niño trigoniense, muy pequeño, llamado Georgi, lo enviaron a Tierra a conocer a Xul Solar.

Si yo no fuera quién soy, no me creerían: yo fui dejado en el umbral de la casa de los Acevedo, en la ciudad llamada Buenos Aires. El matrimonio que allí vivía me adoptó inmediatamente, negando la adopción, fingiendo nueve meses de embarazo.
No, no me lo creerían
Por otro lado, quién le puede creer a alguien que lo único que hizo fue crear ficciones. Para este mundo, al que no pertenezco, de gente racional y amadores del dinero, la ficción es apenas un mero pasatiempo.

Para mí ,es la vida.
Soy Borges.
Y, debo decirlo, no nací en la Tierra.

Agustín Alejandro Schultz Solari salió de su casa de la calle Laprida y caminó como a él le gustaba, sin destino, y se encontró con aquel muchacho que le cambiaría la vida.
Era el año 1920 y el país estaba desmoralizado y en la miseria, pero a ellos no les importaba.
Porque Agustín Alejandro Schultz Solari , astrólogo, astrónomo, inventor del neocriollo y de la panlengua, del juego con el que se podía escribir música, el pintor inconmensurable de ciuades que volaban llevadas por globos aerostáticos, de siluetas que repetían la geometría del Universo, vio en ese joven, que decía que nunca había escrito un cuento, al único que podría entenderlo. Y sería su gran amigo.
Tal era así que caminaban hasta la casa de Georgi y luego volvían hasta la de Xul, así hasta que se les hacía la noche y debían volver cada uno a su hogar,
Georgi sabía qué buscaba, y cuando vio las pinturas de ciudades, las grabó en la mente. Sin embargo, no podía sustraerse a la atracción de ese hombre energético, lleno de ideas, que quería renovar el mundo modificando los lenguajes.
Y que no lo logró.

Cuando volvió a Trámesis, su planeta de origen, regresó joven y con la vista intacta.
El plan había sido tramado y sus caminos, transcurridos.
Había pedido a su esposa que quería morir en Ginebra.
Sus huesos jamás fueron hallados en ese cementerio.
Ella era terráquea y nunca supo que se había casado con un patriota que había llegado de un planeta muy lejano dentro de la misma galaxia.

Y aunque cuando conoció a su esposo, éste ya había escrito Las Ruinas Circulares , nunca había sospechado que era imposible que un humano pudiera alguna vez escribir un cuento como ese.
- No la culpo, pobrecita, pues estaba enamorada y el amor trastorna la entelequia y la enumeración infalible de los hechos – le había escrito a Xlu, el astrónomo más anciano de Trámesis, desde Tierra.
Xlu significa el de muchos años.
Xlu lo esperó ansioso en la escalinata de la nave.
- ¿Y? ¿Pudiste traer las imágenes?
- Sí. Las traje.
- Magnífico, ahora podremos construir las nuevas ciudades y los niños no se morirán de aburrimiento; las nuevas generaciones serán imaginativas, como ustedes, los seres de Trígonus. Vos sabés que nosotros necesitábamos nuestro propio estilo. Gracias.
- No es nada. Me jugué entero: escribí poemas que serán recordados, cuentos que difícilmente algún engreído argentino pueda escribir, me quedé ciego a los cincuenta, me afilié al Partido Conservador, traduje lenguas antiguas, y me enamoré de una mujer extraordinaria que nunca sospechó sobre mi origen. Ah, y, por supuesto, me hice amigo de Xul Solar, amistad a la que venero; él no hubiera creído que había ido a traerme las ideas, porque, aunque es de una inteligencia prodigiosa, era (es) un inmenso inocente.

Esa noche, Borges, el habitante de Trígonus, dibujó todos los cuadros que traía en su mente. Los dibujó y los pintó.
Luego, casi de inmediato, viajó a su planeta de origen, distante a cinco horas en nave sonora, y vivió allí feliz hasta el fin de sus días, trescientos años después.

Xul Solar baja por la calle Laprida y no encuentra a Borges. Decide vender su casa y le pide matrimonio a Lita (una ex-alumna) en las cuarenta y ocho horas que le quedaban libres de soltería, en las predestinaciones de su carta astral hecha por él mismo.
Compró una casa en una isla del Tigre.
Murió feliz.
Y nunca sospechó que había sido el amigo de uno de los grandes escritores argentinos que no había nacido en la Tierra, hijo adptivo de los Borges-Acevedo y que le enseñaron los azarosos caminos de la biblioteca universal, de los poetas ingleses. Y del resplandor de cierto cuchillo con sangre.

familia Borges
Alejandro Seta
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