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EL TRAIDOR

Llevaba una jaula para gallo, de hierro, oxidada, enredada con unos alambres, y con ella tenía que ir a la casa de sí mismo, donde él mismo se encontraba, donde él mismo se iba a regalar un bataraz de sangre. Lo hizo atravesando andenes, caras de gente abstrusa, enredándose entre las multitudes con los alambres enredados en la jaula, un tren, otro tren, un colectivo.

Cuando llegó a su propia casa, donde hacía cinco años no vivia, descubrió que su mujer lo estaba engañando consigo mismo, cosa que no le trajo ningún problema de conciencia al estar engañando a su propio yo.

La miró y no sintió nada por ella a pesar de estar manteniéndose en forma.
Cuando él mismo se atendió en la puerta, se dijo:
-¿Trajo la jaula?

Entonces, fue al fondo y sacó del gallinero el gallo bataraz apodado Eulapio, en homenaje a un antepasado suyo que era campeón el las riñas de gallos en la Argentina del 1700.
- Tome, cuídelo.
- Lo voy a tener de guardián – se dijo.
- Lo más que lo va a ayudar es cuando en época de hambruna lo pueda meter en la olla.

Lo ridículo fue cuando quiso meterlo en la jaula y los alambres no se lo permitían. Él mismo se metió adentro y escuchó la risa de su ex-mujer.

No sintió celos.

El gallo se le escapó de debajo del brazo como si fuera un perro, revoloteó entre el polvo del camino, lo corrió, la jaula quedaba ahí, en la puerta de su casa, y la risa se sucedía adentro de tanto en tanto y él no la quería escuchar, había perdido el gallo, la jaula estaba enredada, “se están riendo de mí” - pensó, e inmediatamente se puso a escribir sus últimas palabras:

Querida: no soporto más esta vida de engaños conmigo, ese pelafustán no te merece. No culpo a nadie. Yo soy el único responsable de esta bala que disparo ahora - y apenas terminó de escribir, se dio cuenta de que no tenía revólver ni nunca había sido siquiera aficionado a las armas blancas.

- El tren, el tren – musitó. E inmediatamente se acordó de que por allí no pasaban las vías y que el tren más cercano se encontraba a miles de kilómetros. Entonces entró a su propia casa dispuesto a matar a ese otro que no era otro que él.

Pero al entrar como una tromba, dispuesto a ahorcarlo, él mismo, que estaba preparado, sacó un arma y le pegó en el medio de las cejas. Su mujer gritó:
- ¿Qué hiciste, qué hiciste? Mataste a mi gran amor. Al único amor de mi vida.

El gallo bataraz, encerrado entre los alambres de su jaula, cantó a lo lejos. No puede haber dos gallos en un mismo gallinero – dijo para sí, en el idioma de las gallináceas.

Alejandro Seta
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