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¿PARA QUÉ ESCRIBIMOS Y POR QUÉ?
LA AJENIDAD

Tercera Parte - lunes 4 de enero 2021

I

He publicado un poema que se llama Yo no soy un poeta, título que de por sí prefigura una negación, un rechazo del oficio. Es como si un carpintero dijera: yo no soy un carpintero, construyo mesas, algunas han durando cincuenta años, pero no soy un carpintero.
¿De dónde viene esa negación?
¿Para qué construye mesas el carpintero o para qué escribe un poema el poeta, si luego dirá que no es lo que es?
¿De dónde viene esa negación, y si es así: para qué escribe?

Es que esa negación viene de la sensación de no haber cumplimentado bien el objetivo de su tarea. El carpintero se siente feliz cuando, alrededor de la mesa construida por él, ve o imagina que un grupo de amigos, o una familia, se divierte jugando a las palabras cruzadas, o contándose chistes. O cuando una pareja, a través de su mesa, expresa sus sentimientos. O cuando la mesa está vacía esperando a que alguien la use.
Algo semejante puede sentir el que escribe cuando su poema le sirve a alguien.
Pero siempre sentirá que su tarea está inconclusa, porque es un oficio que nunca deja de terminar de construir la mesa en la que se sirve la palabra, porque la palabra es inasible, intangible, es sólo imaginación y sonido, que aunque se grabe en un audio, se escucha y vuela en la voz interna del que la escucha, y ya es otra cosa. Ya no es el poema originario, ya se transformó en otro, y en otro, y en otro.
Como si viéramos un pájaro que se vuela y va a la bandada de pájaros iguales. ¿Cuál era el pájaro que vi en un principio? Por eso el poeta puede decir: yo no soy un poeta (no he llegado a serlo, jamás lo lograré).

Sin embargo, lo sigue intentando.

El poema en cuestión dice así:

YO NO SOY UN POETA

Ese hombre que soy yo
sufre de insomnio
y se levanta después de pensar
muchas veces
palabras que le llegan
y por un no sabe qué albur
de la conciencia
se levanta a escribirlas.

Entonces se sienta
con frío,
en una mesa
y escribe
insaciable
palabras en las que no cree.

II

A raíz de él, la escritora Adriana Uribarri, me comentó:

“Escribe palabras en las que no cree" dice el poeta. Sabe realmente el poeta de donde viene lo que escribe? Por qué en ocasiones las palabras que escribimos nos resultan tan ajenas?
Mejor darle crédito. Nos han adiestrado para creer cosas tan increíbles...
Así que, poeta, mejor creer en las palabras imperiosas que brotan de tu alma. Aún no han sido manipuladas por nadie.

Y luego agregó: Es realmente lo que pienso, sobre la “ajenidad” de lo que escribimos.

Y este es un punto esencial: ¿de dónde vienen las palabras que escribimos? ¿son realmente nuestras? ¿de dónde proviene esa “ajenidad”?
Y es muy cierto: estamos adiestrados para creer cosas que jamás creímos poder creer. Pero el poeta es rebelde: y no cree en eso, no cree en esa manipulación de la verdad, de la realidad, y sigue creyendo, dándole crédito a lo que escribe, para seguir creyendo que, al menos, hay una realidad en la que se puede creer y que es la realidad intangible de la poesía, y que proviene de un lugar que no somos nosotros, y, como dice Adriana: aún no ha sido manipulada por nadie.

Para eso escribe.

Alejandro Seta

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