Yo hablo desde un territorio que no se dibuja en los mapas, sino en la piel de quienes nos precedieron y en la memoria que compartimos. Hablo desde la frontera viva, esa que late como una herida abierta y como una promesa. América Latina no es una suma de países; es una sinfonía de voces, un entramado de lenguas, mitos, resistencias y esperanzas. Aquí, en este suelo, nos sabemos herederos de una historia que no siempre nos fue contada por nosotros mismos, y es allí donde comienza nuestra independencia verdadera: en la palabra que se pronuncia con acento propio.
Jorge Luis Borges, con su visión de laberintos y espejos, supo que nuestra identidad es una pluralidad infinita. Él intuía que en nuestras letras habitaba un mundo entero, que no necesitaba la autorización de Europa para existir. En sus relatos, el universo se pliega y se despliega como nuestras culturas, recordándonos que la literatura latinoamericana es, ante todo, una cartografía espiritual. Cuando lo leo, descubro que las fronteras geográficas son ilusiones, y que la verdadera patria es la lengua que nos nombra.
Pero no basta con comprender el juego de símbolos. Aníbal Quijano nos advirtió que la colonialidad del poder persiste incluso cuando los grilletes físicos desaparecen. Es necesario desmantelar las estructuras que nos siguen imponiendo modelos ajenos, sistemas económicos que esclavizan y epistemologías que nos silencian. Walter Mignolo, en esa misma senda, propone una desobediencia epistémica, un pensar desde el sur, desde nuestras heridas y nuestras potencias. Yo, en mi carne y en mis palabras, me sumo a esa desobediencia, porque hablar como latinoamericano es ya un acto de insurrección.
Me encanta pensar que Zulma Palermo y Facundo Giuliano nos recuerdan que la frontera no es solo el límite entre estados, sino un lugar de encuentro, de mestizaje, de creación. En esos espacios donde las lenguas se mezclan, donde las músicas se confunden y donde los cuerpos migran, se tejen nuestras latinidades. Yo me reconozco en esos bordes, en ese espacio híbrido que no necesita pasaporte porque se nutre de la memoria compartida y de la hospitalidad ancestral. Allí, en el abrazo entre pueblos, florece la verdadera independencia cultural.
La independencia no se conquista solo con fusiles, sino con palabras, con danzas, con canciones, con educación. Darcy Ribeiro soñó con una América Latina que se pensara a sí misma, y Paulo Freire nos dio las herramientas pedagógicas para liberarnos de la opresión. Educar no es domesticar, sino despertar conciencias, y cada niño que aprende a leer su mundo en sus propios códigos es un acto de rebelión contra el colonialismo. En las aulas, en los talleres, en las plazas, se gesta la revolución que nuestras armas no pudieron completar.
No podemos olvidar a quienes, con su vida y su muerte, abrieron el camino. Tupac Amaru, desgarrado por los poderes coloniales, sigue siendo símbolo de una resistencia que no muere. Gabriel García Márquez, con su realismo maravilloso, nos enseñó que nuestra cotidianidad ya es mágica y que no necesitamos mirarnos en el espejo europeo para reconocernos. Edgar Cézar Nolasco, pensador de nuestras heridas, dialoga con las grietas de este continente que no se resigna a ser periferia. Cada uno de ellos, a su manera, nos convoca a narrar nuestra historia sin intermediarios.
Yo sé que Estados Unidos y Europa existen, los respeto y dialogo con ellos, pero mi punto de partida no se encuentra en sus universidades ni en sus teorías. Mi raíz está en el barro de estas tierras, en el rumor de las selvas, en el polvo de nuestros caminos. Nuestra modernidad no debe ser un eco de la ajena, sino un canto propio que se eleva desde la diversidad de nuestras culturas. Simón Bolívar nos advirtió que "unidos seremos fuertes, desunidos, débiles", y hoy esa advertencia sigue resonando en las tensiones de nuestra política y en los desafíos de nuestra integración.
La frontera, para mí, no es una línea que separa, sino un río que fluye, llevando historias y mezclando aguas. Allí, en ese tránsito, se crea la posibilidad de un pensamiento nuevo, un pensamiento que no necesita pedir permiso a las metrópolis. En cada mercado popular, en cada feria artesanal, en cada festival de música, se percibe esa potencia creativa que desafía el orden colonial. Somos muchos pueblos, pero un solo sueño nos atraviesa: vivir sin cadenas culturales.
Hablo de independencia cultural porque sé que no se trata de cortar lazos, sino de reescribirlos desde nuestra voz. Un diálogo fluido y conectado, como el que imagino entre Bolívar, Freire, García Márquez y Tupac Amaru, nos recuerda que la libertad no se impone: se construye colectivamente. En esa mesa imaginaria, nadie dicta cátedra desde un trono; todos comparten historias, dolores y visiones. Yo, humilde testigo y partícipe, escucho y respondo, sabiendo que cada palabra pronunciada nos acerca a la emancipación.
Por eso hoy canto, y mi canto es también grito y susurro. ¡Canta, América Latina! Canta tus dolores y tus fiestas, tus tragedias y tus amores. Canta para que el mundo sepa que existes y que no necesitas traductores para decir tu verdad. En tu voz múltiple está la promesa de un continente que no se arrodilla ante ningún imperio. Y mientras tu canto resuene, yo seguiré escribiendo, hablando y soñando contigo, porque mi destino es inseparable del tuyo.
*Brasileño, licenciado en Letras y Pedagogía, máster en Letras. Doctor y posdoctorado en Estudios Linguísticos por la Universidad Federal. Posdoctorado en Relaciones Internacionales (UFSC), posdoctorado en Comunicación y Arte por la Universidad de São Paulo (USP). Es escritor e investigador, miembro efectivo de la Academia Sul-Mato-Grossense de Letras (ASL). Director académico de la Facultad Insted.
No soy más que el vagón de un tren que en la década del sesenta se tambaleaba, llegando, sobre ese río a orillas de la ciudad de Necochea. Los primeros acordes de la música de Piazzola me vuelve a llevar a quién soy. Las palabras de mi abuela Sara, un libro encontrado por azar, Cris, la escritura tambaleante, mis hijos, el descubrimiento de Dios.
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