EL REGALO INESPERADO
Estábamos en una ciudad donde había una gran plaza con árboles muy altos y muy verdes, como son muchas de las plazas de las ciudades antiguas de mi país. Mi familia y yo estábamos habitando en un hospedaje que era una gran mansión vieja y oscura, con gente oscura en sus habitaciones, gente que se peleaba por nada.
En medio de esa incertidumbre, estaba con Cris y nuestros hijos, menos el más pequeño, que un rato antes me había dicho que enseguida volvía, que quería caminar por la otra cuadra.
Fue en eso que un hombre deforme y que vestía ropa destartalada, ve cómo (y todos vemos) una centella empezaba a iluminar el cielo bajando hacia donde estábamos nosotros, y la centella bajada del cielo se acercó a ese hombre hasta casi cien metros donde él estaba, como mirándolo. La centella era de una luz poderosa y su vista extraordinaria, tanto que si le caía encima, ese hombre igualmente no se hubiera movido de allí porque le era preferido morir de esa manera.
Se escuchó entonces el sonido de la centella rozando el aire con su cabellera estrepitosa y alegre, mientras hacía una curva de un ángulo cerrado, pero deteniéndose antes de regresar de donde venía, como si quisiera tocar al hombre de ropa destartalada. Y así fue que no lo tocó: se volvió al cielo de manera que pronto desapareció dejando una estela en el aire.
Alguien gritó:
- ¡Nunca se ha visto un astro del cielo tan cerca de ser humano alguno!
Y todos mirábamos al hombre al que la estrella había elegido para mostrársele de frente. El hombre sonreia y luego reía y se quedaba como atesorando ese acto sorpresivo y momentáneo.
Todos seguiamos mirando el cielo donde la centella se había ido dejando un rastro de una luz de oro detrás de sí. Tan fuerte había sido el estrépito de su llegada, que nos quedamos con una sensación de tristeza de haber visto solo eso.
Estábamos así cuando otra centella empezó a circundar el cielo. Muy arriba, iluminando lo más alto de la noche, todas las luces que han creado los hombres desde su origen hasta ahora habían quedado opacadas por esa luz, cuando algo empezó a formarse bien alto. Pero no era un espectáculo, ya verán, que conmoviera por lo extraordinario de maquinaria humana, sino una manifestación de Dios.
Enseguida, pasado ese minuto de feliz zozobra silenciosa que siguió a la aparición de la centella, arriba de la cúspide más alta del cielo, como para que todos lo viéramos, ángeles movían las estrellas unidas con hilos de oro que formaban figuras geométricas variadas que contenían estos mensajes y otros que se sucedieron y no pude ver: ESTE ES EL HIJO DE DIOS ESTÁ POR LLEGAR
y voces de coros que nunca hubiéramos podido escuchar en la tierra se manifestaban con un gran sonido que lo ocupaba todo, no solo nuestros oídos, sino todo nuestro ser, como si nuestro cuerpo y nuestra alma estuvieran siendo cambiadas para siempre, por luz toda oscuridad. Y ángeles cantaban estas palabras, que son las que recuerdo, y su melodía y sus voces decían:
Este Jesús es el Cristo,
este El que está por volver.
Este es Jesús de María*
de Belén y Nazareth.
Este es el Cristo Viviente,
el que pronto estará.
Que no haya tristezas
porque llega ya.
Entonces me acordé de mi pequeño y empecé a correr para encontrarlo y saber si había visto lo que nosotros habíamos visto. Mi corazón se agitaba en el sueño y corrí por la cuadra adyacente a la plaza y ,al girar la cabeza hacia donde había estado hacía un instante, observé que la noche se hacía día, no por la influencia del sol sino por la misma noche que era aclaradada por antorchas invisibles llevadas en sus manos por seres celestiales.
- ¡Miren! ¡Miren!
Y todos llorábamos. Yo lloraba cuando seguí corriendo y entré a la mansión oscura que nos servía de hospedaje y no lo encontré a mi hijo. Vi gente triste peleando por cosas sin sentido, por cosas perdidas; mucha gente que entraba y salía de las habitaciones acusándose unas a otras.
Salí a la calle y volví a girar en la esquina de esa misma manzana, cuando vi a mi hijo llorando, tomándose la cara, en un afán de poder entender lo que estaba sucediendo. Otras personas estaban mirando con él. Nos abrazamos y seguimos caminando así, abrazados de lado, y buscando para reunirnos otra vez con los nuestros. Llovía una lluvia de luces que no quemaban, una nieve que brillaba, copos de ese maná dorado.
Nos decíamos con él, con Cris y nuestros otros hijos: “Es el amor del Padre que nos buscó a nosotros para que viéramos esto. ¿Qué otros acontecimientos nos sobrevendrán?"
No soy más que el vagón de un tren que en la década del sesenta se tambaleaba, llegando, sobre ese río a orillas de la ciudad de Necochea. Los primeros acordes de la música de Piazzola me vuelve a llevar a quién soy. Las palabras de mi abuela Sara, un libro encontrado por azar, Cris, la escritura tambaleante, mis hijos, el descubrimiento de Dios.
Acerca de Mí